Como los dedos de tu mano

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Todos somos diferentes, como los dedos de una mano, pero cuando nos unimos podemos lograr lo que nos proponemos.

Mi abuelita solía decirme, cuando peleaba con mis hermanos: “A ver mi niña, todos somos diferentes, como los dedos de tu mano”, mientras señalaba cada uno de mis dedos: “Pero cuando se unen, ustedes son capaces de lograr lo que se proponen”, concluía cerrando el puño. ¡Vaya que tenía razón! Pertenecer a una familia numerosa, me brindo el privilegio de vivir momentos de alegría, tristeza y solidaridad, matizados por el carácter de cada uno de mis hermanos. Con cinco personalidades diferentes la chispa y ocurrencias siempre han estado a la orden del día, y aun con nuestros matices, he disfrutado de muchos momentos que permanecen grabados en el anecdotario de mi vida.

Recuerdo que cada año esperábamos con júbilo las vacaciones de verano, pues ello significaba visitar las playas de Acapulco, pero además, acudíamos acompañados por primos, tíos e incluso una vecina, amiga de mi mamá. Las vacaciones se convertían en una verbena. Cómo olvidar las puestas de sol acompañados de la brisa marina, las cascaritas de fútbol en la playa; recuerdo a mi hermana Norma enterrada en la arena, así como al Chino, que se la pasaba buscando conchitas en la orilla del mar.

En una de esas vacaciones, sucedió que nos encontrábamos a punto de salir del hotel para ir a comer; los niños lucíamos, acicalados con nuestras mejores galas. Mientras esperábamos a que nuestros padres bajaran, nos entreteníamos mirando los barcos que atracaban en la bahía. Súbitamente escuchamos un golpe en la alberca y ahí, en medio del agua, observamos con terror el cuerpo de nuestra pequeña prima Maro, quien tenía 4 años; lo grave era que ella no sabía nadar.

Ninguno los hermanos lo pensó, simplemente nos aventamos, mi hermano Miguel, de ocho años, y yo, que tenía diez, mientras mi otro hermano, Alberto, corría a dar aviso a los adultos; Norma y los demás primos gritaban pidiendo ayuda.

Éramos muy pequeños para sacarla, así que mientras llegaban los mayores, la tomamos de los brazos y le mantuvimos la cabeza fuera del agua. Mi pequeña prima se encontraba paralizada por el miedo. ¿Cuánto tiempo pasó? ¡Sólo Dios sabe! Cuando reaccionamos, mi papá ya se había lanzado al agua para rescatarla.

Salimos de la piscina felices porque nuestra prima se encontraba bien. Sólo recuerdo las miradas de mis hermanos, una sonrisa y una palmada por parte de nuestros padres. No fue necesario más, pero ahora que lo pienso, los hermanos nos habíamos vuelto un puño para colaborar en una causa común.

Cuando todos nos serenamos, los adultos abordaron el tema con nosotros, concluimos que los pequeños, que no sabían nadar, como mi prima, siempre que estuvieran cerca de la alberca tendrían que estar acompañados por un adulto; sólo en el caso de que su mamá tuviera necesidad de moverse y no pudiera llevarlo, los niños mayores lo tendríamos tomado de la mano; por último coincidimos en la importancia de iniciar un curso de natación, para evitar futuros accidentes y proporcionarnos mayor seguridad a todos.

Cuando pienso en ese momento, entiendo el valor que tenemos como familia, es más que un encuentro en la fiesta de algún sobrino. Me parece que nuestra fortaleza radica en los lazos que se han fortalecido durante los momentos de penas que hemos compartido. Tengo la certeza de que mis hermanos y yo, contamos con el apoyo sincero y mutuo que siempre nos hemos brindado ante cualquier circunstancia. La realidad es que no imagino mi vida sin ellos.

Como decía mi abuela: “Tus hermanos y tú son diferentes, como los dedos de mi mano.  Y aunque en ocasiones no coincida su forma de pensar, tienen una relación basada en el amor, la confianza y la seguridad de volverse un puño para enfrentar cualquier dificultad”.

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