Inteligencia Artificial (y humana)

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La economía del conocimiento es el revulsivo que ha desencadenado la cuarta Revolución Industrial, que, como sus precedentes –energía de vapor, la electricidad y la electrónica–, generará ajustes en el mercado laboral pero traerá consigo importantes cambios en su estructura: surgirán nuevos empleos, nuevas profesiones y un sinfín de oportunidades. La base de esta economía viene sustentada en un primer y valioso orden por los trabajadores del conocimiento, definidos así por la interacción entre la tecnología y el capital humano. Aunque no existe consenso entre los expertos sobre la definición de trabajador del conocimiento, P. Drucker resaltó en 1999 tres ideas generales orientadas a la productividad: la facilitación de tareas abstractas, la evaluación basada en la calidad –no solo en la cantidad– del output y considerar a los trabajadores como activos (fijos) de la organización; Sin embargo, existe otro enfoque centrado en las tareas que realiza un trabajador, cualquiera que sea su nivel educativo y el sector en que trabaja, y del que se requiere de una fuerte dosis de conocimiento tácito –conocimiento, aptitud, experiencia, creencias y percepciones adquiridas por el individuo–. Esta postura defiende que los trabajadores no pueden ser sustituidos mediante el uso de tecnología, aunque dependan de ella para el desarrollo de sus funciones, pues las tareas intensivas en conocimiento incluyen, entre otras, analizar información para solucionar problemas, dirigir personas, colaborar con otros miembros de la organización, aconsejar o escribir informes.

La evolución tecnológica está acelerando la inteligencia artificial, definida por uno de sus impulsores, Marvin Minsky, como “la ciencia de hacer que las máquinas hagan cosas que requerirían inteligencia si las hubiera hecho un humano”. La investigación actual sobre esta materia mantiene una distancia con las ciencias cognitivas y su desarrollo podría conducir a la súper-inteligencia, concebida por Nick Bostrom como el “intelecto que excede en gran medida del rendimiento cognitivo de los seres humanos en prácticamente todos los campos de interés”. Bostrom realizó un estudio entre expertos en 2014 que concluye que, en un 50% de probabilidad, los sistemas de inteligencia artificial estarían al alcance humano entre 2040 y 2050 –esta probabilidad se incrementa hasta el 90% para el año 2075–. Este investigador considera la inteligencia artificial como “una máquina de alto nivel de inteligencia capaz de llevar a cabo la mayoría de las profesiones humanas, al menos tan bien como un ser humano típico”.

La interacción de la tecnología y el capital humano exige una gestión del conocimiento que va más allá de los procesos y de los sistemas organizativos, pues debe instaurarse una cultura y un clima organizativo que favorezca el deseo de los trabajadores de aplicar el conocimiento a favor de la organización. Su gestión, en consecuencia, incluye tanto a personas (perspectiva comunitaria) como a tecnología y sistemas (perspectiva cognitiva), con el objetivo de que la información se utilice adecuadamente. Pero, ¿sería admisible decir que la inteligencia artificial o la maquinaria serán los trabajadores del conocimiento del futuro? No hay razones para aceptar que la tecnología, por muy avanzada que se muestre, venga a sustituir a las personas, sobre todo por las siguientes circunstancias:

1) La inteligencia artificial extrae conclusiones en base al procesamiento de una infinidad de datos, pero no ofrece una razón.
2) El conocimiento tácito está muy presente en el trabajo del conocimiento, por lo que los trabajadores no pueden ser sustituidos mediante el uso de tecnología.
3) Trascienden bases de carácter filosófico o ético: hasta qué punto es conveniente permitir que un sistema de inteligencia artificial adopte decisiones de forma autónoma –véase, por ejemplo, los errores cometidos por la Community Manager de Microsoft–. Se verifica que el control debe permanecer bajo directrices humanas.
4) Existen múltiples empleos realizados por humanos que son imprescindibles para que exista la inteligencia artificial.
5) La inteligencia artificial permitirá acelerar la productividad del trabajador del conocimiento, pues la prosperidad de los países desarrollados dependerá, precisamente, de la productividad de estos trabajadores.
6) Para que se desarrolle la inteligencia artificial debe imperar una cultura y un clima organizativo constituido por personas, que adquieren y comparten conocimiento, necesario para la gestión, dirección y control de la propia inteligencia artificial –que debe ser utilizada como medio productivo y facilitador de las necesidades organizativas–.
7) La inteligencia artificial es un factor tecnológico y las personas son factor humano, ambos complementarios pero no sustitutivos.
8) La inteligencia artificial no se hace sola, requiere del conocimiento de las personas. Al mismo tiempo, las personas necesitan la inteligencia artificial para elaborarla, pues ésta nos permite acceder de forma más fácil y comprensible a la información.
9) La inteligencia artificial debe abordarse como una funcionalidad transversal que despertará la innovación en toda la organización.

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