Pobreza global

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El sistema multilateral de comercio contribuye positivamente a reducir los niveles de pobreza, correlación que ha sido aceptada pero que no se sirve como garantía de futuro, pues existe una encrucijada que queda a merced de criterios o preferencias territoriales, superponiéndose las negociaciones bilaterales o regionales sobre las negociaciones multilaterales, tal y como pasó en la Ronda de Doha en 2011. Desde principios de siglo existe una pretensión común de reformar el sistema comercial internacional a través de la reducción de aranceles y una revisión de las distintas legislaciones que aparecen como obstáculos al crecimiento del comercio mundial. Ni siquiera el Acuerdo General sobre aranceles y comercio (GATT) firmado en 1947 en Ginebra con la idea de liberalizar el comercio mundial a través de reducción de aranceles y barreras contenta a todos los bloques participantes, pues los países en desarrollo, precisamente los teóricamente más favorecidos tras este acuerdo, critican que no se sienten respaldados por el GATT.

El arancel medio de los productos manufacturados venía siendo superior en las economías en desarrollo que en las avanzadas, aspecto que venía a cumplir el acuerdo de reciprocidad que sustentaba el GATT en favor de los países en desarrollo; Sin embargo, las críticas de los países en desarrollo escondían cierta verdad: los aranceles aplicados por las economías avanzadas eran menores para productos de su interés y más elevados para las exportaciones tradicionales de los países en desarrollo. Aun así, los países en desarrollo se beneficiaron del avance del comercio internacional y podrían haberse beneficiado más al autorizar concesiones recíprocas. La conclusión más destacada es que esta expansión de los mercados ha conseguido reducir niveles de pobreza entre los países en desarrollo, si bien esta oportunidad no ha sido aprovechada por todos por razones de autarquía, principalmente.

De vuelta a Doha, en 2011, empiezan las presiones desde determinados bloques, y no precisamente desde los emergentes, pues el empresariado afín a Estados Unidos exigía mayores concesiones a India (en agricultura) y a Brasil (en manufactura), aspectos que enturbiaron esta cumbre, cuya solución en determinados aspectos, todavía en el aire, se hubiese solventado con pequeñas concesiones de ambos bloques. El aspecto más claro fue que hizo tambalear las negociaciones multilaterales del futuro y sus consecuencias, que podrían salpicar a la OMC, quedaron supeditadas a la reunión ministerial de Bali (diciembre de 2013).

La problemática adquirida exige la recuperación de las negociaciones multilaterales, elaborar normas sobre antidumping y subvenciones e introducir un mecanismo de resolución de diferencias que arbitre las distensiones que surgen entre los bloques participantes que tenga carácter vinculante (Ronda de Uruguay de 1995). La recuperación de los acuerdos multilaterales es ahora una prioridad para garantizar el camino hacia la liberalización del comercio mundial y no debilitar a la OMC. De hecho, el surgimiento de determinados capitalismos regionales no favorece en absoluto este camino, pues existen iniciativas preferenciales y discriminatorias emprendidas por Estados Unidos –Acuerdo Transpacífico de Asociación (TPP)– y la Unión Europea –Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión (TTIP)–, u otras más suaves como la Alianza del Pacífico de Chile, Colombia, México y Perú.

En este contexto, a principios de siglo EE UU se aventura con el regionalismo apostando por América del Sur, ignorando regiones más dinámicas como las asiáticas, excluyéndolas, por ejemplo, del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas. Posteriormente, se interesó por Asia.

Pero la cuestión actual es la heterogeneidad sobre los intereses que intenta introducir cada territorio, desde aceptar demandas sindicales –rechazadas por Brasil e India– o de propiedad intelectual, hasta otras que ponen de relieve una confrontación, cuando lo deseable sería incluir en la TPP a todos los países que liberalicen su comercio. Si avanzamos y nos centramos ahora en el TTIP, surgen otra problemática bien distinta de la anterior: los dos mercados –Estados Unidos y Unión Europea– cobran una dimensión más amplia que el TPP –impuesto a pequeños países asiáticos a los que, posteriormente, se unió Japón y Corea– y los grupos de presión de Estados Unidos tienen escasa influencia sobre la UE, y dentro de la UE existen importantes desacuerdos. Algunas de estas diferencias se centran en la excepción cultural, las confrontación existente sobre los alimentos modificados genéticamente o el impuesto Tobin.

En conclusión, los economistas comerciales consideran un serio problema los acuerdos comerciales preferenciales y conviene una importante reflexión sobre la importancia de instaurar normas sincronizadas en vez de acuerdos bilaterales o regionales, como viene a explicar Jagdish Bhagwati en un artículo publicado en Finanzas y Desarrollo del Fondo Monetario Internacional (FMI).

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