Una difícil decisión

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Las horas pasaban y la incertidumbre llegaba a su fin. Luego de haberlo hecho sin protección, las consecuencias a pagar resultaron muy caras.

Aquella noche no fue placentera, estuvo llena de excesos: alcohol, música y más alcohol. Sí pudimos habernos detenido, pero aún queríamos más y la verdad, resultó  tan decepcionante que en cuatro palabras: no valió la pena.

Las dos semanas siguientes fueron horrendas. Quería asirme a la idea de que sólo era una fijación psicológica, pero no. Había engañado a mi novio, la píldora del día siguiente no había surtido efecto y ahora estaba embarazada.

Tan sólo contaba con 20 años, estaba a la mitad de la carrera; tenía metas, sueños, anhelos y un hijo que no figuraba en los planes.

Toda mi vida se derrumbó. Sólo unos días y una prueba de sangre bastaron para destruir todo lo que alguna vez soñé. Siempre critiqué a las adolescentes impulsivas que por falta de información y de protección, truncaban un futuro prometedor debido a la llegada de un bebé y ahora yo me unía a sus filas, ¡qué ironía!

Luego de pensarlo por varios días tomé la decisión: no lo tendría. No fue una determinación sencilla, pero tampoco resultó una complicación. No era el momento de ser madre, no podía ofrecerle una vida digna. Su padre no era  una persona que yo amara, no quería sentirme más avergonzada y no era justo darle un golpe tan duro a mi familia.

Así que busqué a un médico. No resultó tan difícil, pues dos amigas que no tenían nada en común, me sugirieron al mismo doctor. Acompañada de Perla, (una de mis amigas) acudí al consultorio del doctor recomendado. Tal vez se imaginen que visité un lugar lúgubre y sucio, sin embargo, el dispensario estaba ubicado en un conocido edificio de la ciudad y no cualquiera podía tener una oficina ahí. Esto de alguna manera, me dio confianza.

Al llegar al consultorio, el doctor estaba de espaldas, nos pidió sentarnos, y una vez que lo hicimos se dio vuelta. Me preguntó sobre el motivo de la consulta y yo no sabía por dónde empezar, no sabía cómo confesarlo, cómo decirle que no quería al bebé que llevaba dentro. Entonces él comprendió mi nerviosismo y me ahorró el bochornoso momento al decir:

—Estás embarazada y no quieres tenerlo ¿verdad?

Mi cara de angustia se lo dijo todo y no hizo falta que yo asintiera, así que me indicó pasar a una habitación en donde practicó un ultrasonido. En efecto, el embrión estaba ahí, tenía aproximadamente  tres semanas.

El médico me explicó el procedimiento. No me horroricé pues aún no estábamos hablando de una persona, sino de algo que apenas comenzaba a formarse.

Lo peor vino después cuando me dijo que me cobraría ocho mil pesos por todo, incluidos medicamentos para la recuperación y dos consultas posteriores a la intervención. ¿De dónde sacaría el dinero? Ocho mil pesos era una fortuna para mí, pues no contaba con trabajo y mis ahorros no eran ni la quinta parte.

Empecé nuevamente a sentir que todo estaba perdido. La desesperación se apoderó de mí y al salir de ese gran edificio me senté en la banqueta y me puse a llorar. Perla solamente me consolaba en silencio, sabía que era mucho dinero y al igual que yo, no tenía idea de dónde o cómo lo conseguiríamos.

Le di muchas vueltas al asunto y me armé de valor, no tenía por qué estar sola, había también un responsable y debía estar al tanto. Lo llamé y me respondió. Le dije que teníamos que hablar, sin embargo aseguró no estar en la ciudad. Ante tal situación decidí confesarle todo por teléfono. Pensó que le estaba jugando una mala broma debido a que mi voz hasta ese momento no se había quebrado:

— Estoy embarazada, ya me practiqué los análisis médicos y dieron positivo; ya me cansé de llorar, y con eso no solucionaré nada. Te llamo porque acudí al doctor  y por la interrupción me cobra ocho mil pesos…

Entonces inmediatamente me interrumpió y me preguntó por qué lo llamaba hasta ese momento, pues ya había pasado más de un par de semanas desde nuestro encuentro. Me quedé en silencio por un momento, recobré el aliento ya que las circunstancias no eran fáciles y le respondí que quería estar segura y que ya había tomado una decisión que no estaba a discusión.  Él también guardó silencio, creo que sabía que no lo estaba engañando, sin embargo me dijo que le diera unos días para reunir el dinero. Entonces el pánico me invadió; asustada y desesperada le dije que no contaba con mucho tiempo, pues entre más rápido, menos serían las complicaciones.

No volví a saber de él. En todo ese lapso me volví loca, estaba temerosa, angustiada y todo el día lloraba; mi comportamiento cambió tanto que mi novio lo notó. Me sumí en una tristeza profunda. Aun cuando acudía a la escuela, yo estaba ausente en todas las clases. Los profesores notaron mi bajo rendimiento escolar y más de uno habló conmigo.

Una tarde en casa no puede aguantar más y me puse a llorar frente a mi novio. Le dije que yo era una persona desagradable, que no lo merecía y él como respuesta sólo me abrazaba. Le confesé que en aquella fiesta a la que él no acudió, yo había estado con alguien más y que ese acto tan vil tuvo consecuencias: tenía cuatro semanas de embarazo y no tenía dinero para ponerle solución.

Sus ojos se le llenaron de lágrimas y lejos de aborrecerme y gritarme que era de lo peor, me dijo que lo pensara bien. Que si cambiaba de decisión, él podía asumirse como el padre y así yo ya no tendría problemas.

Esto me puso más triste, pues jamás pensé que mi novio pudiera tener una  reacción de tanta nobleza. Me sentí aún peor, ¿qué tipo de persona era yo?, ¿qué tenía en la cabeza para cometer tantas estupideces? Él consiguió un poco de dinero pero aún no era suficiente.

Una amiga, quien también me apoyó en todo, me pidió el teléfono de aquél que no había querido hacerse responsable. Una noche junto con su novio Christian le llamaron. Él respondió y Christian lo encaró. Le dijo que tenía que hacerse responsable de lo que él también había contribuido, que yo estaba haciendo lo humanamente posible por reunir el dinero. Le aconsejó pensarlo, pues era mejor ponerle solución ahora y aportar la cantidad, que tener que hacerse responsable toda la vida, pues si dejábamos continuar el embarazo, entonces tendríamos una vida que cuidar, educar y velar hasta que pudiera valerse por sí misma.

Así que fijaron la fecha y el lugar en donde me entregaría el dinero. Con mentiras salí de mi casa. Acudí en compañía de mis amigos a la cita, era de noche, ahí ya me esperaba una camioneta blanca, me bajé del carro y abordé el otro vehículo.

Ni siquiera nos saludamos, me sentí con la obligación de explicarle todo lo que había pasado, le aseguré que el hijo era suyo. También le hice ver que ninguno de los dos estaba preparado para ser padre; él tampoco quería una responsabilidad como esta, sin embargo no estaba tan convencido como para darme el dinero; entonces lo comprendí y le dije:

— Tú crees que nada de esto es cierto porque no estoy llorando, pero ya me cansé de hacerlo. Con lágrimas no solucionaré nada, sino con hechos y por eso estoy aquí. Tengo mucho miedo, he caído muy bajo y necesito retomar el control de mi vida, esto no estaba en mis planes y mucho menos un hijo, un hijo del que no te harás responsable, lo sé. Lo sé porque has venido aquí con amenazas.

Christian lo amenazó con buscarlo, pues investigó donde vivían sus papás y a qué se dedicaba.  No le quedó de otra, más que darme el dinero que necesitaba.

Me entregó un sobre, lo guardé en mi chamarra y me despedí. Jamás nos volvimos a ver, ni siquiera él llamó para saber cómo había salido todo. Supongo que ahora  vive con la incertidumbre de saber lo que pasó después.

Al regresar con mis amigos abrí el sobre, sólo eran cinco mil pesos y yo sólo había juntado mil, así que aún me faltaban dos mil pesos. El tiempo se acababa y yo continuaba sin reunir todo el dinero.

Lo pensé toda una noche. Me sentía completamente sola a pesar de tener a mis amigos a mi alrededor apoyándome. Necesitaba un abrazo, unas palabras que me reconfortaran, necesitaba a mi madre.

Una tarde cuando regresó de trabajar, me senté en su cama y comencé a llorar, con la mirada en el piso y la cabeza baja, le conté todo lo que había sucedido. Le hablé del médico, de la consulta y de la decisión tomada. Ella comenzó a llorar, me cuestionó sobre mi conducta y comportamiento, culminó por decir que no era una buena madre y que el resultado era éste.

Ella aportó el dinero faltante, pero antes de confirmarle al médico que quería proseguir, mi madre pidió conocer al doctor. Acudimos una vez más al consultorio y ahí el especialista le explicó paso a paso el procedimiento, le dijo que como toda intervención, había un nivel de riesgo pero que no había por qué preocuparse.

El día llegó, el doctor me dijo que sería a la primera que intervendría. Me citó en una clínica, ubicada en una colonia conocida, a las 8 de la mañana. Al ingresar, una enfermera nos recibió y nos indicó que primero debíamos pagar en la caja del lugar. Me acompañaban mi mamá y tres amigas, aunque no lo demostraban todas estaban nerviosas, pero no más que yo.

Una vez en el quirófano el doctor me preguntó si todavía veía caricaturas, tal vez me consideraba una niña debido a los cuidados que me tenía mi madre. No recuerdo qué le respondí porque me quedé dormida; la anestesia surtió efecto.

No sé cuánto tiempo pasó, cuando desperté mi mamá y mis amigas esperaban a que me recuperara. Me sentí aliviada, aunque anímicamente estaba destrozada.

Un par de horas después salí de ese lugar. Mientras recorría el pasillo para llegar al ascensor me percaté que no era la única que atravesaba por esta difícil situación. Había varias parejas que evadían, al igual que yo, la responsabilidad; estaban también un padre y una madre que acompañaban a su hija de aproximadamente 12 años.  Toda la gente que vi estaba preocupada, angustiada, reflejaban miedo, mucho miedo.

…Aunque pensándolo bien, no es evasión, sino evitar el sufrimiento de un pequeño que no tiene la culpa de las decisiones que tomamos los mayores. Pero sin lugar a dudas, es una situación que muchas mujeres no superamos y que tenemos que aprender a vivir con ello.

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